Siete casas vacías

Siete casas vacías

Relatos , 2015

Páginas de espuma

Páginas 128

Las casas son siete, y están vacías. La narradora, según Rodrigo Fresán, es «una científica cuerda contemplando locos, o gente que está pensando seriamente en volverse loca». Y la cordura, como siempre, es superficial. Samanta Schweblin nos arrastra hacia Siete casas vacías y, en torno a ellas, empuja a sus personajes a explorar terrores cotidianos, a diseccionar los miedos propios y ajenos, y a poner sobre la mesa los prejuicios de quienes, entre el extrañamiento y una «normalidad» enrarecida, contemplan a los demás y se contemplan. La prosa afilada y precisa de Schweblin, su capacidad para crear atmósferas densas e inquietantes, y la estremecedora gama de sensaciones que recorren sus cuentos han hecho a este libro merecedor del IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.

"En esta capacidad de dar relieve y dignidad a las vidas cotidianas, los cuentos de Schweblin me recuerdan a los de Alice Munro, porque cotidiano no significa aburrido, porque las vidas cotidianas, normales, están llenas de cosas extraordinarias que contar, de nacimientos y de muertes, de amores, rupturas y locuras, de obsesiones y envejecimientos, de miedos y deseos. Y ojo, la comparación de Schweblin con una premio Nobel no es cualquier tontería, y la hago muy consciente de todas sus implicaciones." Sara Mesa 

"La literatura de Schweblin parece cartografiar no precisamente lo que sabe, sino también lo otro: el extrañamiento que acecha en la infancia y en la vejez, la memoria de un tiempo perdido que delata un universo perturbador y sin anclaje posible a que tanto se asemeja a las palabras del cronopio: «Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad." Ricardo Baixeras, El Periódico

"Leemos queriéndonos tapar los ojos, pero dejando rendijas entre los deditos a través de las que reconocemos lugares comunes que siempre serán extraordinarios cuando los retrata una escritora tan competente como Schweblin." Marta Sanz, El País